sábado, 19 de mayo de 2012

PUDDING "AVE FENIX"

Esta es la historia de un bizcocho cuyo destino aparentemente era el cubo de la basura. ¿?
Cuando horneo los bizcochos siempre precaliento el horno con calor arriba y abajo pero al introducir la masa  apago la parte de arriba de manera que  no se forme una costra dura en la parte superior que dificulte la subida de la masa. A mí el truquillo me funciona estupendamente y si a alguien se le resiste el conseguir bizcochos bien altos, no dejéis de hacer la prueba  con este sistema.
Estaba preparando uno de manzana bien grande, en el mayor molde de los que tengo, con intención de que nos durase unos cuantos desayunos. Lo dejo horneando, me voy tan tranquila  de la cocina y después de un rato empieza a notarse en la casa un sospechoso olor a quemado.
Cuando voy a mirar, extrañada, me encuentro con el bizcocho negro, negro, es decir, quemado, quemado.
Lo saco inmediatamente (en realidad ya no había prisa, aquello no tenía remedio....) y me doy cuenta de que había apagado el calor de la parte inferior y dejado encendido el de arriba.
Mi primera idea fue tirarlo  directamente. Me contuve y decidí esperar a que se enfriase a ver qué se podía hacer con él.
Y finalmente, ya frío,  retiré con un cuchillo  la parte quemada, lo desmenucé,  lo puse en un cuenco grande y añadí tres huevos batidos y un buen chorro de leche. Batí bien con la batidora y caramelicé (¿se dice así?) una flanera metálica con caramelo líquido (Royal),a continuación  puse un trozo de papel de aluminio por encima y cerré el molde con su tapa ( es  como el de la fotografía). 
Puse un poco de agua en el fondo de la olla rápida. Metí el molde con el "proyecto" de pudding. Programé 30 minutos, cerré la olla y.... a ver qué salía.
Y lo que salió lo véis en las fotos. Lástima no haber inmortalizado el bizcocho quemado, pero no me imaginaba que iba a terminar convertido en lo que os muestro hoy. Sin ninguna duda , resurgió de sus cenizas y además el humilde postre resultante  estaba muy bueno, y con la satisfacción añadida de haber "reciclado" algo aparentemente inservible.
¿Será que la crisis nos anima a discurrir....?
Y para terminar, os dejo aquí el enlace a la nueva entrada de Leer Guapamente. Si en la última os hablaba de Contra el viento del Norte, de Daniel Glattauer, hoy vengo con la segunda parte, Cada siete olas.
En la misma línea que el anterior, con los e-mails como forma de narrar una historia y como medio también de comunicación entre los protagonistas, no diría yo esta vez aquello de que "nunca segundas partes fueron buenas". A mí me parece que alcanza sin ningún problema  la altura de Contra el viento del Norte, sin la más mínima duda .

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